El peso de sanar la herida

Este artículo no lo escribí yo. Su Autor es Gorka Saitua. Es Pedagogo. Trabaja desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia, en la Asociación Bizgarri – Bizgarri Elkartea. En 2016 comencon el proyecto educacion-familiar.com.

Es natural que una familia acogedora (o adoptante) desee sanar la herida que tienen los niños o niñas a su cargo. Pero ¿cómo actúa ese deseo? Veámoslo como debe ser. En carne viva y en primera persona. 

Cuando Vladimir llegó su nueva casa, vino con una HERIDA.

Por respeto a la intimidad de las personas implicadas se han alterado u omitido datos personales y del caso.

Esa HERIDA no tenía que ver con sus padres adoptivos, sino con la vida que llevó en Bielorrusia. Allí tuvo que superar retos y dificultades a las que ningún niño tendría que enfrentarse, y que no sólo tuvieron que ver con SOBREVIVIR FÍSICAMENTE, sino también con mantener la CORDURA con un padre y una madre a quienes quería y necesitaba, pero también eran capaces de hacerle daño, abandonarle y dejarle en una situación en la que, incluso, podía peligrar su vida.

Para cualquier niño es terrible criarse así, con el pánico a morir y a volverse loco. Intentó muchas cosas para sentir la seguridad que necesitaba. Quizás intentó calmar a sus padres, portarse bien, hacer lo que ellos decían… Pero nada funcionó, porque las cosas que él y ella hacían no dependían del comportamiento de su hijo, sino de un profundo dolor que había arraigado en sus almas.

Asustado, confuso y desesperado, Vladimir tuvo que articular RECURSOS y SOLUCIONES desesperadas. Y en algún momento de su vida —seguramente muy temprano— descubrió que la única forma posible para sentir seguridad era tomar él el timón de un barco en la tormenta y a la deriva.

Y cuando agarró ese timón, se dio cuenta de que era muy pequeño y de que hacía falta mucha fuerza para moverlo. Mientras, su padre y su madre le decían que se apartara de ahí. Que ellos, que eran los mayores, se harían cargo. Pero él sabía que, si cedía el mando, encallarían en las rocas. Así que peleó, lucho porque le dejaran sólo. Para salvarse primero a sí mismo y, si podía, al resto del barco.

La travesía y la tormenta duraron muchos años. Y durante todos esos años tuvo que mantenerse alerta, pelear y soportar el dolor de sus brazos y de las llagas de sus manos. Hasta que un día, sus esfuerzos y la suerte, dieron sus frutos.

A lo lejos pudo ver una pequeña porción de tierra, rodeada de riscos de coral que hacían que el mar en sus playas estuviera en calma. Agotado por la lucha y la travesía, se lanzó al agua. Dejando a su suerte a la tripulación y el barco. Y llegó nadando, exhausto, a la playa.

Esa era su nueva casa. Un lugar en calma, donde las personas podían, por fin, ponerse en el lugar de los otros, y resonar con su dolor y su angustia. Un puerto seguro.

Lo recogieron, le limpiaron con agua dulce, le dieron de comer los productos de la tierra, y le curaron las heridas de las manos. Pasaron noches en vela a su lado, esperando con paciencia a que recobrara las fuerzas. Y él engordó, se hizo fuerte, y creció sano.

Pero tenía OTRA HERIDA que no era tan evidente. Que no tenía que ver con su delgadez, las quemaduras del sol, o la sangre visible. Que en vez de la piel, habría grabado con fuego su alma. Que no tenía que ver con los cuidados en tierra, sino con su lucha desesperada en ese barco.

En su corazón, las personas que cuidan, también pueden desaparecer o hacer daño. Y su cuerpo obligaba a estar atento a cualquier señal de peligro, porque —para él— podría significar la expulsión de la isla hacia el mar embravecido. Esta vez, sin barco.

No es de extrañar que, ante este nuevo PELIGRO SENTIDO, él volviera a activar los RECURSOS y las SOLUCIONES que siempre le habían servido. Tomar el mando por la fuerza y confiar sólo en sí mismo. Pero que, cuando ese peligro DEJABA DE SENTIRSE, volviera a estar profundamente triste y abatido. Porque, quizás, la experiencia de haceros daño le conectaba con la experiencia de haber HECHO DAÑO también a su OTRA FAMILIA.

Viendo esto, los padres adoptivos trataron con todas sus fuerzas de curar esa HERIDA. A veces tratándole bien, con todo el cuidado y el cariño del mundo, o otras veces riñendo con él, intentando hacerle ver que así no pueden ser las cosas. Pero cuanto más se esforzaban, menos funcionaba. Porque los cuidados le conectaban con el miedo al abandono, y el enfado con su necesidad de ser él quien tome el control del barco.

Y este es el drama que yo veo en las familias adoptivas. Que esa HERIDA no se podía curar en tierra. Que sólo se podía cerrar en ese barco que, ahora, andaba desaparecido. Que era algo que SÓLO VLADIMIR podía —y puede— sanar, como hombre adulto. Abrazando y consolando a ese niño que sigue ahí, sólo, desesperado, vulnerable, culpable y abatido.

Los nuevos padres sólo podían cuidarle y acompañarle en su camino.

Así que permitidme que yo, en representación de toda la sociedad, de los que os han tratado bien y mal durante este proceso, os pida PERDÓN. Perdón en representación de todas las personas que con sus palabras o mirada os han dicho que estabais haciendo las cosas mal, o que habéis cometido errores.

Porque estando SÓLOS en esa isla, con la única compañía de cocoteros y zarzales, y sin ese barco a la vista, no podíais haber hecho las cosas de otra manera. La diferencia es que, ahora, contáis con el apoyo y el botiquín que entonces habríais necesitado.

Así que permitíos sentir, por un momento, que os liberáis de ese sentimiento de culpa. De esa angustia profunda que todavía albergáis en el corazón, por todo lo que habéis pasado. Permitíos disfrutar de ese alivio por unos instantes, y respirar profundamente, con toda la capacidad de vuestros pulmones.

Porque ya tendremos tiempo de pensar, imaginar y sentir qué se habría perdido Vladimir, si no hubiera arribado a puerto seguro.

Por mi parte, sólo puedo daros las GRACIAS en su nombre. Gracias por todas esas experiencias. Las llevo en una bolsa que siempre va conmigo.

https://educacion-familiar.com/2018/12/18/sanar-herida-acogimiento-adopcion/

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